viernes, 15 de mayo de 2009

De pelicula

DE PELICULA
Por Arturo Vieira Barbudo
Miami, Agosto 2 de 2004

La magia del cine se iniciaba con unos cartelones recostados en estratégicas esquinas.
Eran unos marcos de madera que sostenían unas láminas metálicas en las que con pintura mineral se anunciaba la película de la temporada.
En grandes y coloridas letras de estilo aparecían escritos los títulos de las películas a estrenar y más abajo el nombre de los actores principales, el día y la hora.
Pero la fiesta se comenzaba con el divertido juego de cambiarle algunas letras al dichoso cartel!
Como el nombre de la película estaba escrito con pintura mineral y agua, era muy fácil rasparle algunas letras con una gillette y completar con tizas de colores lo que se antojara.
Fácilmente “Casablanca” se podría convertir en “Cama blanda”, “El Bolero de Raquel”, en “El Tetero de aquel’’, “El Gran Hotel” en “El Grandote”, “Cinemascope” con “Sino me escupe” y
“Romeo y Julieta”, …en alguna vulgaridad!

Todo era diversión hasta que los aburridos dueños de los teatros decidieron “inventar” una pintura que solo se podría borrar con aguarrás.

En un tiempo hubo tres teatros. El Teatro Municipal que quedaba en el mismo edificio del Palacio Municipal, diagonal a la casa de los Barros; el Teatro Maribud y el lejano teatro Riomar.

Era el teatro Municipal de dos plantas, tenía un patio central que le servia de platea, la cual estaba rodeada en los tres costados por elegantes y decorados balcones techados. Allí se presentaban películas, obras de teatro, sesiones solemnes, actos políticos, etc. Era el teatro institucional del pueblo. Desapareció a finales de la década de los cincuenta cuando decidieron demoler el Palacio Municipal y construir allí el Edificio de Telecom. ( !!)
Anteriormente ya habían derribado las barandas que circundaban el parque que era el orgullo de la población, y cuya fotografía aparecía en libros y enciclopedias de Europa como ejemplo de civismo de estas “tierras olvidadas de Dios”. Ahora una solitaria fuente con leones pintados con Pintuco atestigua lo que hubo allí alguna vez.

El teatro Maribud era una sólida construcción cuyo frente estaba decorado al estilo art-deco. Era un centro de actividad nocturna para los amantes del cine. Allí se presentaban las últimas películas ganadoras de oscares del año anterior y otras de menor importancia.
Cuando se llegaba allí, ya se notaba el bullicio de la gente y el olor de los fritos. Ventorrillos, mesas y pequeños fogones de braza adornaban la calle donde los parroquianos disfrutaban de un buen vaso de peto, una caramañola, un pocillo con asadura o una arepa dulce. Se hacían corrillos cuando algún paisano comentaba que ya había visto la película hacia unos meses en Barranquilla y que era tan buena que ahora se la repetía con la familia.
Luego del refrigerio se pasaba a la tortura china de comprar las boletas, ya que en ese tiempo aun no se había inventado el “aburrido” arte de hacer cola, o al menos no era costumbre hacerlo allí.
La taquilla era un amplio ventanal donde todos metían las manos solicitando a gritos las boletas que Niove Vanegas entregaba metódica y pacientemente.
En la entrada había una gran reja corrediza de hierro que al abrirse permitía subir por una empinada escalera que terminaba frente a un espejo iluminado siempre por una luz verde que le daba al lugar cierto aire de misterio. Todos sin excepción solían subir siempre las escaleras atropelladamente para coger los mejores puestos. El palco abarcaba la mitad del teatro y era techado. El puesto mas apetecido era el de adelante, pegado a las barandas que dejaba ver abajo la platea y la blanca pantalla de cemento enmarcada por un cielo estrellado. A lo lejos, a mano izquierda se veía el plateado tanque del acueducto iluminado por la luna, como una imagen premonitoria de las futuras plataformas de lanzamiento de Cabo Cañaveral.
Los puestos de atrás tenían un inconveniente, ya que las sillas estaban montadas en una especie de tarimas de madera. Parece que los arquitectos olvidaron que un teatro debe tener cierta inclinación hacia la pantalla para que los de adelante no tapen a los de atrás. La solución que le dieron al problema fue fabricar unos escalones de madera en los últimos cuatro puestos del fondo y acomodar allí las sillas. Sabia decisión que algunos maldecían cuando a mitad de la película, en la oscuridad de la noche intentaron ir al baño y dejaron media espinilla raspada por las dichosas escaleras.

Si había un lugar donde se notara mas la diferencia social era allí.
En el palco estaba la clase social emergente, bajo los ventiladores de techo y resguardada de las inclemencias del clima tropical, sentados en cómodas sillas metálicas, algunas de ellas con el nombre de cada familia y con el derecho de tirar a la platea las envolturas de las frunas y las colillas de cigarrillo.
Abajo en la platea, no había sillas sino bancas de madera y el techo era el estrellado cielo de verano, que algunas veces a mitad de una película les daba un remojón inesperado obligándolos a ver la película con las bancas en la cabeza. El baño era una pared con un chorrito de agua y la puerta de entrada se parecía mas a la de una cárcel municipal.

Al apagarse las luces comenzaba la algarabía y lo primero que aparecía en la pantalla era una transparencia anunciando la panadería Gloria. Era un arte diseñado por Nemesio Cabrales a finales de los 50’s y que aun en los 70’s conservaba su vigencia. Representaba a un chino bigotudo con un gorro cónico sosteniendo un pan humeante sobre una bandeja. Era un clásico de la publicidad.
Luego venían anuncios de La Miscelánea, y negocios de la Calle Nueva.
El noticiero era recibido con aplausos así fuera del año anterior y los entremeses de Tom y Jerry nunca faltaban. Los cortos generalmente estaban rayados pero igualmente generaban la expectativa y la emoción en la sala. Al final, de nuevo los avisos de ventas de casa, asuntos legales y la rechifla del publico.
Entonces de repente se escuchaba el pasodoble “El Gato Montes” que identificaba siempre el inicio de la proyección y era recibido con aplausos y carreras de las personas que estaban comprando en la dulcería del primer piso.
Daba lo mismo que la película fuera a color o en blanco y negro, todos participaban de ella como si los actores los escucharan.
Le daban consejos a Clark Gable sobre como besar a Scarlett, le advertían a Kirk Douglas que los romanos lo iban a crucificar, muchas veces Burt Lancaster y John Wayne salvaron sus vidas gracias a ese muchacho de la platea que les advirtió de una cobarde emboscada. Pero eso si, todos hacíamos un pacto de honor para no contarle a nadie que Tony Aguilar y El Gavilán Vengador eran una sola persona.

Cuando la película era aburrida, azotaban las bancas contra el piso y comenzaba la guerra de colillas de cigarrillos que subían y bajaban semejando estrellas fugaces en la noche. Lo mismo ocurría cuando se reventaba la película o daba un salto inesperado a otra escena.

Un beso en la pantalla era recibido con aplausos y suspiros en el palco y con una fuerte rechifla y frases de grueso calibre en la platea. Pero una carga de la caballería con su toque de clarín hacia poner de pie a todos por igual sin distingos de clase social.
Al terminar la función, todos salían comentando la película en voz alta y llegaban a sus casas sudorosos con el sabor en la boca de la última Fruna saboreada en la oscuridad del teatro.

El Rió/Mar era un teatro de un solo piso que quedaba varias cuadras más hacia el cementerio. A su entrada también se encontraban ventorrillos y ventas de fritos y refrescos. Recostados a la Cenefa de la pared había cartelones con las fotos de los artistas de la película recién orinados por algún perro agradecido.
Su taquilla era un agujero del tamaño de un cuaderno escolar por donde escasamente cabía una mano. Era fácil localizarla por el remolino y la gritería de la gente que allí casi se jugaba la vida por comprar una boleta.
Al entrar se veía el palco techado con láminas de zinc y al fondo, contra la pantalla estaba la platea, dividida por una malla.
Su entrada no era tan llamativa como la del Maribud, pero tenía el encanto de la clandestinidad, ya que allí se daban cita los novios a escondidas.
Cuantos romances comenzaron y terminaron allí ante la mirada curiosa de Clavillazo, de Cantinflas o de Resortes.
Cuantos besos con sabor a Chiclets Adams fueron y vinieron clandestinamente en los momentos de clímax Hollywoodense.
Y cuantos correazos se llevaba la novia encontrada in fraganti por el papá y correteada escandalosamente desde el teatro hasta su casa ante la rochela de los vecinos.
Era la magia del cine que a todos nos tocaba con su varita mágica convirtiendo la Calle Nueva… en la Quinta Avenida, el Palacio Municipal… en El Louvre, el Muelle… en la Muralla China y la Lengua de Justiniana… en la Torre Eiffel.

No hay que viajar muy lejos para encontrar el lugar de nuestros sueños. Nos basta con ir a un teatro de provincia y dejarnos arrastrar por su mágico embrujo.
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El Banco Magdalena:

Puerto sobre el Río Magdalena, fundado por José Domingo Ortíz, el 2 de febrero de 1680, donde habitaron los indígenas Chimilas. A la llegada de los españoles fueron sometidos y expropiados de sus tierras dando paso a la fundación conocida con el nombre de Nuestra Señora de la Candelaria de El Banco, elevado a la categoría de municipio en 1871.

Eladio Gil Moreno (egilmoreno@gmail.com)
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